El estanquero de Brooklyn
Todos los días, a las 8 de la mañana, Auggie Wren (Harvey Keitel) planta su cámara de fotos en la puerta de su estanco y hace la misma foto. Cada día, con el mismo ángulo y a la misma hora exactamente. Cuando le enseña las fotos a su amigo Paul Benjamin (William Hurt), Auggie le recrimina que las está viendo demasiado deprisa (“Para entenderlas hay que ir más despacio”). Paul, sorprendido, le contesta: “pero si son todas iguales”, y lo que Auggie le responde encierra muchas de las claves de esta película: “son todas iguales, pero son todas distintas”. Y es que cuando podemos ver algunas de las fotos del álbum, vemos que todas tienen algo especial, que es un trabajo minucioso, el trabajo de su vida, como él dice. Distintas personas, distinta luz, distinta meteorología, distintos estados de ánimo, distintas sensaciones… Todas iguales, pero todas distintas.
Todos los días, a las 8 de la mañana, Auggie Wren (Harvey Keitel) planta su cámara de fotos en la puerta de su estanco y hace la misma foto. Cada día, con el mismo ángulo y a la misma hora exactamente. Cuando le enseña las fotos a su amigo Paul Benjamin (William Hurt), Auggie le recrimina que las está viendo demasiado deprisa (“Para entenderlas hay que ir más despacio”). Paul, sorprendido, le contesta: “pero si son todas iguales”, y lo que Auggie le responde encierra muchas de las claves de esta película: “son todas iguales, pero son todas distintas”. Y es que cuando podemos ver algunas de las fotos del álbum, vemos que todas tienen algo especial, que es un trabajo minucioso, el trabajo de su vida, como él dice. Distintas personas, distinta luz, distinta meteorología, distintos estados de ánimo, distintas sensaciones… Todas iguales, pero todas distintas.



En 1995 el escritor neoyorkino Paul Auster y el director Wayne Wang juntaros sus talentos para realizar, con la pasta de los hermanos Weinstein, una película pequeña y extraordinaria, Smoke. Una película que, a priori, parece mucho más de Auster que de Wang. El guión tiene bastante más presencia que la dirección. Wayne Wang es aquí algo así como un director invisible, como si no quisiera restar protagonismo al texto con puestas en escena llamativas (Auster, en cualquier caso, también participó en la dirección de la película, aunque no salga en los créditos). Casi siempre planos largos que encuadran a varios personajes en una conversación (se pueden contar los planos-contraplanos de esta película con los dedos de la mano). Pero es una dirección inmejorable para un guión así. Y se reserva para el final un travelling maravilloso durante el monólogo de Harvey Keitel. El guión de Auster, por su parte, es una pequeña joya. Smoke, era la primera aproximación del autor de La trilogía de Nueva York, al cine. Y a día de hoy, aunque ha participado en más proyectos, en ninguno ha conseguido alcanzar el nivel de excelencia que logró con Smoke.
El otro pilar fundamental en el que se sustenta la película es en su trabajo interpretativo.
Harvey Keitel construye un personaje redondo, un gruñón de corazón de oro, un
tópico, si lo miramos bien. Pero un tópico al que Harvey Keitel da forma y lo
convierte en único (todos iguales, todos distintos). En la otra esquina tenemos
a William Hurt dando vida a Paul Benjamin (más que posible álter ego del propio
Auster), un escritor en crisis, incapaz
de escribir nada desde la trágica muerte de su mujer y al que salvará, literal
y metafóricamente, un adolescente negro de 17 años, Rashid/Thomas. Entre Auggie
y Paul se irá entablando una bonita amistad, cimentada en el humo de los puros
y los cigarros, que culminará en una maravillosa secuencia final, en la que
Auggie le narra a Paul un cuento de Navidad, para que lo escriba para ser publicado en el New York Times. Los créditos finales serán ese cuento, filmado en blanco y negro, mientras suena la
canción de Tom Waits, You´re innocent
when you dream. Creo que no exagero si digo que esos cinco minutos que
duran esos créditos, ya habrían merecido el precio de la entrada. Por si Harvey Keitel y William Hurt
no fueran suficientes, también anda por ahí Forest Whitaker. Si a un actor como
él le das un texto de Paul Auster, el resultado, a la fuerza, tiene que ser
extraordinario.
Cada secuencia de Smoke
tiene algo especial. Cada una de ellas tiene la capacidad de hacerte
pensar. Desde la primera en la que Paul Benjamin les cuenta a Auggie y a sus
clientes cómo se puede pesar el humo del tabaco, hasta la última en la que
Auggie narra cómo consiguió su cámara de fotos. Pero me gustaría detenerme en
una en concreto, porque contiene tres segundos de cine maravillosos. Ruby es
una vieja novia de Auggie de hace 18 años. Un día llega al estanco y le informa
de que tienen una hija en común. La niña, ahora adolescente, está embarazada,
se ha fugado de casa y es adicta al crack. Pese a los recelos de que la chica
sea realmente su hija (en ningún momento de la película queda tan bien
reflejado el carácter de gruñón con corazón de oro, como en su relación con
Ruby), acompaña a Ruby para intentar que la chica vuelva a casa. En la
conversación que mantienen, Felicity (que así se llama la adolescente,
interpretada por una jovencísima Ashley Judd) es extremadamente cruel con su
madre y su supuesto padre. Los insulta, los amenaza, se burla de ellos… Hasta
que se dan por vencidos y se marchan. En el momento en el que se dan la vuelta
la cámara se queda con Felicity, y durante tres segundos podemos ver cómo ella
se derrumba en silencio. En esos tres segundos comprendemos lo desesperada que
está. Esa cara muestra lo mucho que le gustaría que su vida fuera diferente. En
tres segundos el personaje al que hemos detestado da un giro de 180 grados.
Felicity ya no es detestable, es una adolescente perdida, hundida en el fango,
y que necesita ayuda
desesperadamente. Las grandes películas se construyen con tres segundos como
esos.
Smoke es una película sobre gente buena, gente
corriente de Brooklyn. Todos van entrelazando sus historias, para acabar la película como mejores personas y más
realizadas que como la empezaron. Hay una especie de mensaje “karma” en Smoke que nos dice que los actos buenos,
por complicados que puedan parecer, siempre van a mejorar tu vida.
La película, como si de un libro de Auster se tratara, se
divide en cinco capítulos, uno por cada personaje protagonista, Paul, Rashid
(Harold Perrineau, el Michael de Perdidos),
Ruby (Stockard Channing), Cyrus (Forest Whitaker) y Auggie. El destino de todos
ellos está unido por una serie de casualidades. Porque Smoke muestra cómo la vida es, en el fondo, una sucesión de
casualidades. Éstas son las que te van a marcar el camino, las que te van a
guiar hacia un sitio u otro.
Si con muchas películas de Woody Allen se puede tener la
sensación de conocer Manhattan sin haber puesto un pie allí en su vida, con Smoke ocurre algo parecido con Brooklyn.
En esta película, como en muchas de las novelas de Auster, Brooklyn es un
personaje más. Todo te resulta familiar en Smoke,
sus tiendas, sus restaurantes, sus bares, sus esquinas, sus bloques de
apartamentos… Brooklyn se respira en Smoke,
igual que se respira Tom Waits, igual que se respira (obviamente) el humo
de los muchos puros y cigarrillos que se fuman a lo largo de la película. Está
ambientada en la época inmediatamente anterior a la prohibición del tabaco en
espacios cerrados, pero Auggie y sus amigos del estanco ya saben que les queda
poco tiempo para poder disfrutar de su placer libremente, “primero será el
tabaco, luego será el sexo” dice Auggie resignado en un momento de la película (afortunadamente los tiros aún no van
por ahí).
El monólogo final de Auggie Wren, narrando su cuento de Navidad a Paul Benjamin, finaliza con
una frase que también podría resumir muy bien el espíritu de esta película: “Si
no compartes tus secretos con los amigos, ¿de qué vale un amigo?”.
Cuento de Navidad de Auggie Wren
1 comentario:
Gran crítica! Ha sido leerla y ya me están entrando ganas de verla otra vez :)
Hay algo que me encanta de esta película y es que nos dice que la vida es fugaz, sólo dura un instante, que se disipa como el humo, pero antes de que eso ocurra debemos disfrutar de las sensaciones que nos provoca ese momento que es la vida.
Y que mejor manera de disfrutarla y sobrellevarla que viendo una obra maestra como “Smoke”. Es casi como el tabaco, una droga que por suerte no es dañina, no pasa factura. Es una película redonda.
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