jueves, 30 de mayo de 2013

M, el vampiro de Düsseldorf, de Fritz Lang

El cine es esto


Tengo que empezar esta crítica, igual que empecé la anterior, advirtiendo de que en ella voy a hablar del final de la película. No creo que eso tenga importancia para disfrutarla, pero para el que crea que sí, aquí dejo el enlace para poder ver la película completa antes de leer el texto.



En 1931, el cineasta alemán Fritz Lang dirigió M, el vampiro de Dusseldorf, y con ello dio una clase magistral de en qué consiste el oficio de director de cine. Todas las escuelas de cine del mundo deberían tener la obligación de enseñar esta película a sus estudiantes. Estudiar cine, y no haber visto M, el vampiro de Dusseldorf es como estudiar literatura y no haber leído Crimen y castigo.
 El argumento de la película es sencillo. La ciudad de Dusseldorf vive atemorizada por un asesino en serie de niñas. La paranoia y la psicosis colectiva están haciendo mella en la población. La policía hace redadas día y noche, y esto provoca graves perjuicios a los criminales de la ciudad. Por ello deciden capturar a M por su cuenta, contando con la ayuda de todos los mendigos de Dusseldorf. 



En 1931, el cine sonoro todavía estaba en pañales. De hecho hay muchas secuencias en la película que podrían ser de cine mudo, secuencias sin diálogos en las que se obvia el sonido ambiente, como cuando la policía hace la redada en el barrio rojo (ni sirenas, ni ruidos de coches, nada). Prácticamente todos los directores de aquella época venían del cine mudo, lo que equivale a saber narrar sólo con imágenes. Sería un muy buen ejercicio para todos aquellos que quieran ser directores de cine, que antes, al menos rodaran un corto mudo, que se enfrentaran a tener que narrar una historia sin poder agarrarse al flotador de los diálogos. En una de las primeras secuencias de la película, y quizá una de las más recordadas, M asesina a una niña después de encandilarla con un globo. Para contarlo Fritz Lang sólo necesita tres planos, un plato vacío de sopa, una pelota rodando por el suelo y un globo que se eleva en el aire. Una secuencia así sólo podía hacerla alguien que viniera del cine mudo. La pregunta ¿en qué consiste ser director de cine? se contesta con esos tres planos.



Pero Lang tenía un juguete nuevo en sus manos, el sonido. ¿Cómo sacarle el máximo partido? ¿Qué posibilidades se la abren ahora de las que antes carecía? Bueno, pues esto también lo solventó con maestría. Durante los primeros tres cuartos de hora de la película apenas vemos a M. Sólo un breve plano ante el espejo, mientras la voz en off de un grafólogo analiza la personalidad del asesino atendiendo a su letra (recurso sonoro). El otro momento, también breve, en el que aparece, es en el asesinato de la niña. Vemos cómo la engaña comprándole un globo y cómo se la lleva, pero sólo a través de su espalda y su sombra (qué juego le dieron las sombras a Lang en todas sus películas, pero especialmente en ésta). ¿Cómo lo reconoceremos entonces, a partir de ahí? Por el silbido de una melodía, En la gruta del rey de la montaña, de Edvard Grieg. Ese silbido va a acompañar al protagonista toda la película. Un sentimiento de amenaza nos embargará cada vez que lo escuchemos. Y ese silbido será también la perdición de M.



Fritz Lang es una de los mejores directores de la historia del cine, pero también uno de los más infravalorados. Personalmente creo que está al mismo nivel que otros mundialmente reconocidos como Alfred Hitchcock u Orson Welles. Sin embargo, fuera de los círculos cinéfilos, no mucha gente conoce a Fritz Lang. Es autor de películas, aparte de la que nos ocupa, como Metrópolis, El testamento del Dr. Mabuse, Perversidad, La mujer del cuadro o Los sobornados. Todas ellas se encuentran entre las más grandes de la historia del cine. M, el vampiro de Dusseldorf  fue la penúltima película de su etapa alemana. En 1933, el ministro de propaganda del Reich, Joseph Goebbels (que era un criminal, pero de tonto no tenía un pelo), le ofreció hacerse cargo de la UFA, los grandes estudios del cine alemán, lo que suponía convertirse en un muñeco al servicio de la propaganda nazi. Fritz Lang, contrario al nazismo (de hecho muchos vieron en El testamento de Dr. Mabuse una alegoría contra el nacionalsocialismo), abandonó esa misma noche Alemania rumbo a Francia, como paso previo a su marcha a los Estados Unidos. La cantidad de talento del que se benefició el cine americano, con motivo del exilio de numerosos cineastas alemanes (Fritz Lang, Billy Wilder, Ernst Lubitsch, Otto Preminger…) es incalculable.



El otro gran responsable de que M sea una película perfecta es el gran Peter Lorre, perfecto en el papel de psicópata (bien es cierto que con esa cara ya tenía la mitad del trabajo hecho). Hay quien ha dicho que Lorre quedó encasillado después de hacer esta película. Es posible, pero bendito encasillamiento. El hombre que sabía demasiado, El halcón maltés o Casablaca son algunas de las películas que se beneficiaron del encasillamiento de Peter Lorre.



Hay muy pocos cineastas capaces de enlazar una secuencia con otra con la naturalidad y la maestría con la que lo hace Lang. Toda la película va encajando secuencias como si de un puzle perfecto se tratara. Durante el primer acto vemos el asesinato de una niña (no explícitamente, como he explicado antes, que nadie se asuste), la psicosis colectiva que provoca en la sociedad, la opinión de políticos, periodistas, grafólogos, policías, delincuentes… Y todo esto se va tejiendo con una facilidad pasmosa. Finalmente, el primer acto se cierra con un maravilloso montaje paralelo en el que se muestra los planes, por un lado de los criminales, y por el otro de la policía para atrapar a M. Si Hitchcock sorprendió a todos al matar a la protagonista de Psicosis a la media hora de película, aquí Lang hace justamente lo contrario. Durante los primeros tres cuartos de hora todo gira en torno a M, pero sin que aparezca más de un minuto en pantalla. Es un protagonista ausente.



Una película gigante como ésta merecía un final gigante. Después de atrapar a M, los delincuentes de Dusseldorf deciden someterlo a juicio. Allí, abrumado y aterrorizado, suplica clemencia, en un discurso propio de un drama shakespeariano. Sus palabras nos harán reflexionar acerca de la moral y el libre albedrío (“¿Acaso puedo cambiar? ¿Acaso no tengo esa semilla maldita en mí? ¿Ese fuego, esa voz, ese suplicio?”). Y la pregunta clave la hace el abogado defensor que han designado los criminales. ¿Es culpable un hombre incapaz de controlar sus actos?
Han pasado 84 años desde que Fritz Lang rodara M, el vampiro de Dusseldorf, y es una película mucho más moderna que la mayoría de las que podamos ver en la cartelera del periódico de hoy.



Alfonso Mazarro






2 comentarios:

queer-Bitch. dijo...

Bien.

Coincido bastante con tus apreciaciones.

Saludos!

Unknown dijo...

Es interesante ver como Lang examina esa dualidad del ser humano en muchas de sus películas, donde hasta los ciudadanos del común pueden volverse una turba furiosa que arrasa con todo, como por ejemplo en Furia o la misma Metrópolis.